
adn revela el secreto del tipo medieval enterrado en un túmulo de la edad de piedra
Imagina encontrar un cadáver medieval dentro de un túmulo de la Edad de Piedra. Pues eso es lo que pasó en el Dolmen de Menga (Antequera, Málaga). El ADN ha desvelado que el tipo enterrado allí hace unos mil años tenía raíces en Europa, el norte de África y Oriente Próximo, una mezcla explosiva que demuestra lo hiper-conectado que estaba el sur de Iberia en la época.
Los restos corresponden a un hombre de más de 45 años datado entre los siglos X y XI. Su linaje masculino llega al Calcolítico peninsular, mientras que su ADN mitocondrial señala una abuela europea con vínculos en Marruecos y Argelia. La sorpresa: comparte mutaciones con dos personas actuales, una en cada país, lo que confirma que la cadena genética no se cortó.
¿Por qué enterraron a este tío en una cueva de 5 000 años?
El tipo fue colocado en una fosa simple, sin joyas ni armas, justo en la entrada del monumento. La cabeza miraba al suroeste y la cara al sureste, una orientación que apunta hacia La Meca… pero no del todo. Esa posición híbrida ha hecho saltar las alarmas: ¿era musulmán, pagano o una mezcla de ambos?
Los expertos creen que eligieron el dolmen porque lo consideraban una cueva sagrada. En el mundo islámico mediterráneo estas grutas tienen valor espiritual, así que el funeral pudo ser un «pack» de creencias: respeto al lugar antiguo + rito islámico light. La clave: lo enterraron donde todos podían verlo, como queriendo decir «aquí descansa alguien especial».
Conexión express con Marruecos hace mil años
El estudio demuestra que cruzar el Estrecho era tan fácil como coger un Uber. Las rutas fenicias, cartaginesas y romanas habían convertido el sur de Iberia en un supermercado de genes. Para el siglo X tener ascendencia norteafricana era más común que tener móvil hoy: más del 30 % de la población local ya la portaba.
El ADN compartido con marroquíes y argelinos actuales prueba que esos intercambios no fueron un flechazo, són una relación de siglos. De hecho, la mutación que une al medieval de Menga con sus «primos» actuales ya existía en el sur de España desde al menos el siglo III.
El misterio que el ADN no puede cerrar
Aunque la genética ha dibujado el árbol familiar del tipo, el porqué del lugar sigue sin respuesta. ¿Fue un peregrino? ¿Un guerrero? ¿Un simple campesino al que su clan quería honrar? Nadie lo sabe. El equipo de la Universidad de Sevilla solo puede asegurar que alguien decidió que su descanso eterno fuera en la puerta de un templo de la Edad de Piedra.
Mientras tanto, el dolmen sigue ahí, mirando al sureste, guardando el secreto de un tipo que llevaba en sus células tres continentes y que eligió una cueva de 5 000 años para su última selfie mortal.
