
el sillero: el oficio de la posguerra que desaparece de las calles
Antes, en cada barrio de España sonaba un grito que ya casi nadie recuerda: «¡El sillerooo!». Era el anuncio del sillero, el artesano que reparaba las sillas de enea sin usar ni un solo tornillo. Hoy apenas quedan.
Tras la guerra civil, los muebles eran caros y duraban décadas. Cuando una silla se rompía, no se tiraba: se llamaba al sillero. Con una planta acuática llamada enea, un serrucho y mucha paciencia, tejía un asiento nuevo en la puerta de casa. El oficio era tan común que su pregón formaba parte del ruido diario de los barrios.
El proceso era sencillo pero mágico: cortaba la enea de los ríos, la secaba y la enrollaba. Después, sentado en el suelo, iba entretejiendo las tiras hasta crear un asiento que aguantaba setenta u ochenta años. Sin clavos, sin cola industrial, solo habilidad.
¿Cómo se convirtió el sillero en el héroe invisible del barrio?
La clave era la necesidad. Las familias no podían comprar muebles nuevos, así que el sillero se convertía en el salvador del comedor. Su hatillo de enea era señal de que la vida continuaba: una silla rota no era un problema, era una tarde de trabajo.
Los niños ayudaban a sus padres y aprendían el oficio sin ir a la escuela. A los diez años ya tejían asientos mientras el vecindigo observaba. Era un espectáculo gratuito: girar la silla, pasar la enea, apretar el nudo. Cada movimiento era una lección de supervivencia económica.
¿Quo fue lo que acabó con el «¡El sillerooo!»?
A finales de los sesenta llegaron los tapizados de skay, un vinilo barato y fácil de limpiar. Las sillas de enea se vieron anticuadas y las familias las cambiaron por modelos modernos. El sillero, sin sillas que arreglar, se quedó sin trabajo.
Además, las fábricas y las obras pagaban mejor y con nómina fija. Los jóvenes prefirieron manejar máquinas antes que pasarse el día agachado tejiendo. El oficio dejó de transmitirse y el pregón fue apagándose calle a calle.
¿Dónde quedan los últimos silleros de España?
En Alhaurín el Grande (Málaga) está Paco González, que aprendió con diez años y lleva más de cuarenta reparando sillas sin tornillos. Los medios locales le llaman el último sillero de Andalucía.
En Segura de León (Extremadura) queda un artesano mayor que aún conserva las herramientas de su abuelo. En Tordea (Galicia) hubo nueve silleros; ahora ninguno. Castilla-La Mancha los tiene registrados como Legado Artesano, pero se cuentan con los dedos de una mano.
