Los oficios más sucios de la posguerra española: deshollinadores y fumistas

Los oficios más sucios de la posguerra española: deshollinadores y fumistas

  • NeoLynx
  • Abril 18, 2026
  • 3 minutos

En la España de la posguerra, la falta de gas de red y calefacción central hacía que la mayoría de los hogares dependieran de la leña y el carbón para calentarse. Sin embargo, este modelo de vida conllevaba un gran riesgo de incendio debido a la acumulación de hollín en las chimeneas. Para solucionar este problema, surgieron dos oficios fundamentales: el deshollinador y el fumista.

El deshollinador se encargaba de limpiar el interior de los conductos de humo, mientras que el fumista instalaba, reparaba y mantenía chimeneas, estufas y cocinas de combustión. Aunque sus tareas no eran idénticas, ambos eran presencias habituales en los barrios de cualquier ciudad española durante los años cuarenta y cincuenta.

El trabajo del deshollinador y el fumista

El deshollinador trabajaba principalmente desde los tejados, subiendo con una saca de herramientas al hombro para limpiar el interior de los conductos de humo. Utilizaba cuerdas, pesos de plomo, cepillos de cerdas metálicas y varillas de madera de distintas longitudes para remover el hollín acumulado. En chimeneas de pequeño calibre, el trabajo se hacía también desde abajo, con cañas largas rematadas en cepillo.

El resultado era siempre el mismo: una nube de polvo negro que lo cubría todo. El fumista, en cambio, era más artesano que limpiador. Conocía el funcionamiento de los sistemas de tiro, sabía detectar grietas en los conductos y reparar obturaciones. Ajustar una chimenea para que tirara bien sin desperdiciar combustible era una habilidad que se pagaba.

Orígenes y evolución del oficio

El origen del oficio de deshollinador se rastrea hasta el norte de Italia, desde donde cruzó los Alpes hacia Alemania y Austria. En varios países centroeuropeos, la figura del deshollinador se organizó pronto en gremios y más tarde fue regulada por ley. En España, el oficio existió con fuerza en las ciudades durante todo el período de autarquía.

Buena parte de estos trabajadores procedía de regiones con larga tradición migratoria hacia las capitales. Galicia y Asturias aportaron mano de obra a Madrid y a otras ciudades durante décadas, y los oficios más duros del extrarradio y los servicios domésticos fueron cubiertos, en gran medida, por familias llegadas del norte.

El declive de los deshollinadores y fumistas

El declive llegó con el cambio energético. El Plan de Estabilización de 1959 y los Planes de Desarrollo de los años sesenta abrieron España a la inversión extranjera y aceleraron la industrialización del país. Con ello llegaron el gas butano, el gasóleo y, más tarde, el gas natural de red. Las cocinas económicas de carbón fueron sustituidas por hornillas de gas. Las chimeneas dejaron de ser la única fuente de calor y, en muchos pisos nuevos, desaparecieron directamente del diseño.