
barcos de hormigón: la historia loca de cuando eeuu construyó barcos de cemento
Imagina que tu país se queda sin acero para fabricar barcos y alguien propone: "¿y si los hacemos de hormigón?". Pues eso pasó, dos veces. Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, EEUU construyó barcos de cemento armado porque el acero escaseaba y era más útil para tanques y munición.
El hormigón no era una idea loca sin fundamento: ya en 1848 un francés llamado Lambot había hecho una barquita de cemento reforzado. En 1917, con la entrada de EEUU en la Gran Guerra, Washington dio luz verde a 24 barcos de hormigón. El primero grande fue el SS Faith, botado en San Francisco en 1918. No se oxidaban, aislaban bien el calor y se fabricaban con materiales baratos. El problema: pesaban como elefantes, iban más lentos y gastaban más fuel que los de acero.
La historia se repitió en 1942: otra vez falta de acero y otra vez 24 buques de cemento. Esta vez los diseños eran mejores y la construcción más rápida. Dos de ellos, el SS David O. Saylor y el SS Vitruvius, cruzaron el Atlántico para ser hundidos a propósito el 6 de junio de 1944 en Normandía. Su misión: convertirse en blockships y formar parte de los rompeolas artificiales Mulberry para proteger el desembarco aliado.
De madera a cemento: cómo cambió la forma de construir barcos
Durante siglos, los barcos eran de madera. Luego llegó el acero y todo cambió. Pero cuando estallaron las guerras, el acero valía oro y había que priorizar tanques, cañones y puentes. La solución improvisada fue el hormigón armado, un material que hasta entonces solo se veía en edificios y carreteras.
El truco estaba en meterle malla o barras metálicas al cemento para que no se rompiera. Los ingenieros europeos ya habían probado la idea en barcos grandes, así que EEUU solo tuvo que copiarla y ponerla en marcha a velocidad récord.
El SS Faith y la flota de cemento que surcó el mar
El SS Faith fue el primero en demostrar que un barco de cemento podía cruzar océanos. Se botó en 1918 y sirvió de prueba para 23 hermanos más. Sus ventajas eran claras: no se oxidaban, usaban materiales que sobraban y aislaban mejor el calor que el acero. Sus inconvenientes: pesaban más, necesitaban mayor calado y se tragaban más fuel que un adolescente con una bolsa de patatas fritas.
Cuando terminó la guerra, el acero volvió a llenar los astilleros y los barcos de hormigón quedaron aparcados. Muchos acabaron como atraques improvisados o simples curiosidades oxidadas.
Normandía: el día en que los barcos de cemento se hundieron a propósito
En 1944, dos de estos bichos de cemento, el SS David O. Saylor y el SS Vitruvius, recibieron una misión suicida: viajar a Francia para ser hundidos deliberadamente. El objetivo era crear rompeolas artificiales que protegieran el desembarco aliado en Normandía. Formaban parte de los puertos Mulberry, una de las genialidades logísticas del Día D.
Varios de estos barcos quedaron semisumergidos con el casco visible durante años. Otros terminaron como diques flotantes o terminales improvisados. El SS Quartz incluso sobrevivió a una bomba atómica en los tests de Bikini en 1946. Nunca sustituyeron al acero, pero demostraron que, en tiempos de crisis, hasta el cemento puede flotar y ganar una guerra.
