
El oficio de dulero, clave para la supervivencia rural en la posguerra española
En la España de la posguerra, la supervivencia de miles de familias rurales se vio garantizada gracias a un oficio comunal casi desconocido hoy en día: el de dulero. Este trabajador se encargaba de cuidar los animales de tracción de sus vecinos, como caballos, mulas y burros, llevándolos a pastar a terrenos comunales llamados dulas.
El sistema funcionaba mediante una señal inconfundible: el dulero tocaba una corneta cada mañana, avisando a los vecinos para que sacaran a sus animales y los dejaran bajo su custodia. A cambio, recibía un pago en especie por cada animal, a tanto por cabeza.
Orígenes del oficio de dulero
El término 'dula' proviene del árabe 'dawlah', que significa 'turno' o 'ronda'. Este sistema se extendió por la península ibérica durante la Edad Media y quedó regulado en ordenanzas municipales de varias localidades. La dula funcionó como un mecanismo de economía colectiva que aliviaba la carga de los labradores.
Durante siglos, la dula fue fundamental en la economía rural. En la posguerra, con el campo esquilmado y la economía en ruinas, este sistema ancestral cobró una nueva dimensión. Los animales de tracción eran el único motor disponible, y mantenerlos bien alimentados era crucial para la supervivencia de cientos de familias.
La jornada del dulero
El trabajo del dulero comenzaba al amanecer y terminaba al atardecer. A su cargo quedaban no solo los animales más dóciles, sino también los más difíciles de manejar, como los burros. No era una labor que se realizase durante todo el año; en épocas de mayor actividad agrícola, la dula quedaba en suspenso.
El fin del oficio de dulero
La mecanización del campo español en los años 60 y 70 fue el golpe definitivo para el oficio. Cuando los tractores sustituyeron a las mulas y los burros en las labores agrícolas, la tracción animal dejó de ser el eje de la economía rural. Sin animales de trabajo que cuidar, la dula perdió su razón de ser.
