cuánta memoria RAM tenía el Apolo 11 y cómo llegó a la Luna con solo 3,75 KB

cuánta memoria RAM tenía el Apolo 11 y cómo llegó a la Luna con solo 3,75 KB

  • LunaVortex
  • Abril 16, 2026
  • 3 minutos

Imagina enviar a tres astronautas a la Luna con un móvil de gama baja… y que funcione. Pues eso hizo la NASA en 1969: el Apolo 11 viajó con 3,75 KB de RAM, algo así como 0,000004 GB. Con esa astucia lograron calcular trayectorias, controlar el descenso y salvar la misión cuando el ordenador se saturó a pocos metros del suelo lunar.

3,75 KB: el tamaño de un chiste malo, pero suficiente para llegar a la Luna

En 1969 un megabyte era ciencia-ficción. El ordenador de abordo del Apolo 11 tenía 4.096 palabras de memoria de 16 bits, lo que se traduce en 3,75 KB. Para hacerte una idea, con 1 MB podrías almacenar 273 misiones lunares completas. Cada línea de código era oro puro: sin filtros de Instagram, sin apps de relleno, solo lo imprescindible para que Neil Armstrong y compañía no se estrellaran.

Los programadores se turnaban para revisar el código como si fuera un examen de mates: un solo bit fuera de sitio y las vidas humanas se iban al espacio. El software no podía fallar, porque reiniciar era sinónimo de muerte.

El truco del Apolo 11 cuando el ordenador se quedó sin respiración

Faltaban minutos para el alunizaje y el módulo lunar empezó a gritar «alarma 1202». Traducción: «me estás saturando con datos y no doy más de sí». En tu móvil eso sería pantallazo azol, pero el Apolo 11 tenía un plan maestro: priorizar. El ordenador ignoró los cálculos secundarios y se centró en no estrellarse contra el suelo. Así, la misión siguió adelante y el mundo escuchó la famosa frase.

Los ingenieros en la Tierra sudaron la gota gorda, pero el código diseñado por Margaret Hamilton y su equipo demostró que menos puede ser más si sabes lo que haces.

Tejiendo bits a mano: las mujeres que «cosieron» la memoria lunar

¿Cómo se guardaban esos 3,75 KB? Pues tejiendo. Un grupo de mujeres, conocidas como las «costureras del software», enhebraban cables de ferrita por unos aros metálicos. Cada nudo era un bit: si pasaba el hilo era un 1, si no, un 0. Literalmente «fabricaban» la memoria a mano, y si se equivocaban tenían que deshacer el tejido y volver a empezar.

Suena artesanal, pero era la única forma de asegurar que el código no se borrara con las vibraciones del despegue. Gracias a ese trabajo minucioso, el Apolo 11 pudo almacenar sus instrucciones y devolver a los astronautas sanos y salvos a la Tierra.