
Este chip de memoria aguanta más calor que la lava y podría viajar a Venus
Imagina un móvil que guarda tus fotos mientras lo metes en un horno a 700 °C. Pues eso es casi lo que ha conseguido un nuevo chip de memoria que ha estado funcionando más de 50 horas a 1.300 °F (unos 700 °C), una temperatura mayor que la lava de muchos volcanes.
El truco está en su «bocadillo» de materiales extremos: una capa superior de tungsteno (el metal que más tarde se derrite), una capa media de cerámica de óxido de hafnio y, debajo, una lámina de grafeno de un solo átomo de grosor. Esta combinación hace que el dispositivo, llamado memristor, no solo almacene datos, sino que también calcule sin fundirse ni cortocircuitarse.
Los científicos lo han sometido a más de mil millones de cambios de estado consumiendo solo 1,5 V y el chip siguió imperturbable. Según sus creadores, es la memoria de alta temperatura mejor demostrada hasta la fecha y podría abrir la puerta a ordenadores que trabajen en lugares tan hostiles como la superficie de Venus, reactores nucleares o perforaciones en el interior de la Tierra.
¿Cómo ha logrado no fundirse?
El problema de los chips normales es que, al calentarse, las capas se pegan y el circuito muere. En el memristor, la química del tungsteno y el grafeno es tan distinta que las capas se repelen como el agua y el aceite, impidiendo el temido cortocircuito. Los microscopios electrónicos han confirmado que las capas permanecen separadas incluso a nivel atómico.
Además, el tungsteno soporta 3.422 °C antes de derretirse y el grafeno nunca se derrite, solo cambia de estructura. Así, el chip puede trabajar en ambientes que convertirían cualquier móvil en un pisapapeles de vidrio fundido.
Misión imposible: sobrevivir en Venus
Ninguna sonda ha resistido más de dos horas en la superficie de Venus, donde la temperatura ronda los 465 °C y lluye ácido sulfúrico. Un ordenador basado en este memristor podría, en teoría, controlar instrumentos allí sin protección especial, enviando datos sobre la atmósfera y el suelo que hoy son imposibles de obtener.
La misma robustez serviría en reactores de fusión, donde los imanes superconductores crean calor de varios millares de grados, o en cabezales de perforación que descienden a más de 10 km bajo tierra, donde la roca está al rojo vivo.
Del laboratorio a la realidad
Por ahora el prototipo se ha hecho a mano en el laboratorio, así que falta ver cómo fabricar millones de unidades en una cadena de semiconductores. También hace falta crear el resto del ordenador: circuitos lógicos, fuentes de alimentación y sensores que aguanten las mismas condiciones extremas.
El equipo confía en que, como los materiales no son raros en la industria, dentro de una década podremos ver ordenadores que funcionen dentro de hornos, reactores o planetas hostiles. Mientras tanto, la simple existencia del diseño ya es un salto gigante para la exploración espacial y la energía del futuro.
