por qué los chicos no se ponen faldas: la historia empieza en el siglo xviii

por qué los chicos no se ponen faldas: la historia empieza en el siglo xviii

  • LunaVortex
  • Abril 14, 2026
  • 3 minutos

Si has pensado alguna vez que tu armario es aburrido y te pregunta por qué tu primo no puede ir a un cumple con falda, la respuesta está en el siglo XVIII. Antes los chicos lucían pelucas, tacones y colores chillones sin problema. Todo cambió cuando la sociedad decidió que los hombres debían ser "útiles" y no "bonitos".

Imagina al rey Felipe V en 1743: peluca blanca, taconazos y tela que casi parecía vestido. Era la clase top y no necesitaba arar la tierra, así que podía permitirse lo que le apeteciera. Los tacones, de hecho, llegaron de Persia para agarrarse mejor a los estribos; los nobles europeos los copiaron porque alargaban la figura y daba aire de poder.

El cambio llegó con la Ilustración y la Revolución Francesa. De golpe presumir era de mal gusto; lo molón era parecer práctico. Los artesanos y campesinos usaban pantalones anchos (los sans-culottes) y se burlaban de los aristócratas con sus calzas ajustadas. El mensaje era claro: si vas a trabajar, olvídate de lentejuelas.

En Inglaterra el dandi George Brummell puso el foco en la limpieza y el corte perfecto: abrigo oscuro, pantalón, camisa y nada de estridencias. Así nació la "Gran Renuncia Masculina", una idea de 1930 que resume que el hombre dejó de querer ser guapo para ser solo funcional.

Cuando los reyes llevaban tacón de aguja

Recorre El Prado y verás a los Borbones con tacones de 8 cm y medias de seda. No era travestismo, era señalar "miren, aquí el que manda". La ropa incómoda era un anuncio de que no pisabas un campo ni de broma.

Los colores brillantes, las lazadas y las pelucas eran como llevar un Ferrari estacionado en el siglo XVIII: pura exhibición de estatus. El que se vestía llamativo ni tocaba una pala; su única misión era aparentar.

La revolución que puso pantalón a medio mundo

En 1789 estalló la Revolución Francesa y la moda pasó de ser capricho a manifiesto político. Los revolucionarios usaban pantalones largos para diferenciarse de los aristócratas con calzas ajustadas. Ser práctico se volvió símbolo de libertad.

La idea caló en Estados Unidos: Ben Franklin dejó la peluca y en el Congreso se mofaron del presidente Van Buren por su estilo «afeminado». El traje oscuro empezó a ser bandera de la clase trabajadora y de la modernidad.

El día que los hombres dijeron adiós a ser guapos

El psicólogo John Flügel bautizó este giro como la Gran Renuncia Masculina: el chico abandonó su derecho a ser bello y se conformó con vestir «correcto». Desde entonces la moda para ellos se centró en cortes limpios y colores sosos.

Las faldas, los brillos y los tacones quedaron guardados en el baúl de los recuerdos. Y así, de generación en generación, el armario masculino se volvió más aburrido, pero también más cómodo y seguro ante el qué dirán.