
Imágenes satelitales revelan que el mayor buque de guerra de Rusia en el Mar Negro está listo y Ucrania puede hundirlo antes de zarpar
Las últimas imágenes de satélite comercial dejan poco margen a la duda: el mayor buque de guerra que Rusia ha construido en el Mar Negro está prácticamente terminado. Su cubierta de vuelo de más de 200 metros ya se distingue con claridad y la superestructura se alza sobre el dique seco del astillero de Zaliv, en Crimea. El problema para Moscú es que el enclave permanece inmóvil y al alcance de los drones y misiles ucranianos, convirtiendo cada día de retraso en una amenaza real de destrucción antes de que el navío toque agua.
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Un coloso anfibio que cambia el tablero del Mar Negro
El futuro Ivan Rogov no es solo otro transporte de tropas: está diseñado como plataforma de proyección de fuerza capaz de albergar cientos de infantes de marina, tanques y una veintena de helicópteros de ataque. Su tamaño lo convertirá en el activo más grande de la flota rusa en la región, superando a los antiguos desembarcados anfibios heredados de la era soviética. Moscú necesita este gigante para compensar la carencia de portaaviones y para mostrar que puede desplegar poder lejos de sus costas, algo crucial tras perder varios buques menores desde 2022.
El proyecto nació tras el fracaso de la compra de dos Mistral franceses, cancelada por la anexión de Crimea en 2014. Rusia respondió con el programa 23900, mezclando diseño propio con tecnología observada en los barcos galos. El resultado es un navío de más de 40 000 toneladas que simboliza la apuesta por la autonomía naval rusa, aunque también concentra una inversión cercana a los 1 200 millones de dólares en un solo objetivo.
El astillero de Zaliv, en la diana ucraniana
Construir un buque tan valioso en Crimea tiene sus riesgos. El astillero de Zaliv ha recibido barreras antidrone, redes de defensa marina y baterías de misiles para proteger el dique, pero sigue a menos de 250 km de las posiciones ucranianas. Kiev ya ha demostrado que puede alcanzar el puente de Kerch y hundir patrulleros con lanchas explosivas, por lo que un navío inmóvil se convierte en un blanco fijo y codiciado.
Los analistas advierten que Ucrania no necesita hundir el buque en alta mar: basta con dañar los túneles de popa o los sistemas de propulsión mientras está atracado para retrasar su entrada en servicio varios años. Un ataque con drones submarinos o misles de crucero podría provocar un incendio que afectara a los tanques de combustible ya instalados, algo que Moscú quiere evitar a toda costa.
La guerra se traslada a los astilleros
El destino del Ivan Rogov ilustra un cambio de paradigma: la industria militar ya no es retaguardia segura. Tanto Rusia como Ucrania han convertido fábricas, depósitos de munición y astilleros en objetivos legítimos, conscientes de que destruir un buque antes de que se termine puede ser más eficaz que enfrentarse a él en combate. Esta lógica ha llevado a Kiev a priorizar la interdicción de la producción enemiga antes que la confrontación directa.
Para Moscú, la pérdida del buque supondría un golpe triple: militar, económico y simbólico. Se evaporarían años de trabajo y miles de millones de rublos, mientras que la moral de la flota negra se resentiría al ver cómo su futuro buque insignia nunca llega a zarpar. En este contexto, terminar el Ivan Rogov se ha convertido en una carrera contra el tiempo donde la ventana de oportunidad de Ucrania se estrecha cada día que el navío permanece seco, pero también cada día que avanza la amenaza de un ataque decisivo.
