
china ya ganó la guerra de las baterías y ahora solo consolida su trono mundial
Mientras todos hablan del desabastecimiento de gasolina, en China ya celebran la victoria. Las acciones del gigante CATL se han disparado un 29,5 % desde el inicio del conflicto en Irán y el fabricante de coches eléctricos BYD ha multiplicado por dos y medio sus ventas fuera del país. El motivo: el miedo global a quedarse sin energía está disparando la demanda de solares, baterías y coches eléctricos, y casi todo eso se fabrica en China.
El año pasado, Pekín exportó un 48 % más de paneles solares a África, un 27 % más de coches eléctricos y casi la mitad más de turbinas eólicas. Países como Indonesia anuncian 100 gigavatios de solares para los próximos dos años y Filipinas regala hasta 8.300 $ a quien instale placas en casa. El problema: occidente prometió fábricas propias, pero China controla ya el 80 % de la producción mundial de celdas de batería y ha levantado 68 plantas fuera de sus fronteras para abastecer a todos los demás.
De petroestados a electroestados: el nuevo tablero mundial
Estamos asistiendo a un cambio de época. Los viejos petroestados liderados por EE. UU. se enfrentan a los nuevos electroestados con China a la cabeza. El gigante asiático suministra más del 70 % del hardware verde del planeta y, tras ser vetado en occidente, ha encontrado en África, América Latina y Asia su mercado favorito: en 2023 enviaron 18,8 gigavatios de paneles solares al continente africano.
Para los países importadores, aceptar la tecnología china ya no es una opción verde, sino de supervivencia económica. Y para Pekín, cada nuevo contrato refuerza su influencia diplomática y debilita el dominio del dólar: Irán ya negocia el pago de barriles en yuanes, el primer paso hacia el llamado petroyuan.
La trampa de la dependencia: ¿África se convierte en el vertedero de China?
Aunque las renovables llegan a precios bajos, muchos analistas advierten que la relación no es tan altruista. En África crecen las voces que temen convertirse en un vertedor de excedentes industriales chinos mientras se quedan sin capacidad de fabricar sus propios componentes. La dependencia tecnológica se repite: primero fue el petróleo, ahora podrían ser las baterías.
En occidente, la desconfianza es aún mayor. El Reino Unido acaba de vetar la construcción de una fábrica de turbinas eólicas de la empresa Ming Yang en Escocia por riesgos de espionaje en infraestructuras críticas. Y EE. UU., bajo la administración Trump, retiró ayudas fiscales a la energía verde para no depender de cadenas de suministro controladas por adversarios extranjeros.
El talón de Aquiles chino: aún necesita el petróleo que odia
El liderazgo renovable de China no es escudo suficiente: el país importa el 78 % del petróleo que consume y casi la mitad llega del golfo Pérsico. La subida del precio del barril está encareciendo sus industrias de acero, aluminio y petroquímica y reduciendo sus márgenes de beneficio. La guerra energética también castiga al campeón.
Por eso, la carrera por las renovables ya no es solo una cuestión de emisiones: es la mejor forma de blindar la economía nacional frente a crisis de suministro. Como resume Fatih Birol, jefe de la Agencia Internacional de la Energía, las energías limpias se imponen porque son energía nacional, no importada.
